
El 9,3×74R ha acompañado a generaciones de cazadores durante más de un siglo y, sin embargo, continúa despertando el mismo debate: ¿puede compararse con el .375 Holland & Holland Magnum en la caza del búfalo? He tenido la oportunidad de cazar búfalos con ambos cartuchos. Esa experiencia me llevó a releer con especial interés las reflexiones de Kevin Robertson en su excelente libro El animal más peligroso de África, donde desarrolla un concepto que considero particularmente interesante. Robertson sostiene que la eficacia de un proyectil no depende exclusivamente de la energía que desarrolla en la boca del cañón, sino de la energía que es capaz de transferir dentro del animal. Un proyectil que atraviesa completamente el tórax conserva parte de esa energía al abandonar el cuerpo. En cambio, otro que recorre toda la cavidad torácica y queda alojado bajo la piel del lado opuesto entrega prácticamente toda su energía en los órganos vitales. Ésta es, a su juicio, una de las razones por las cuales el 9,3×74R ha mantenido una reputación tan sólida en la caza del búfalo.
Mi experiencia en la caza de búfalos en Argentina me ha llevado a la misma conclusión. Hasta el momento he cazado cinco ejemplares con un rifle doble Chapuis calibre 9,3×74R, utilizando munición RWS TUG (Torpedo Universal Geschoss) de 293 grains. En todos los casos, un primer disparo correctamente colocado fue suficiente para producir una muerte rápida y ética. El segundo cañón sólo se utilizó como la lógica medida de seguridad que exige siempre la caza de un animal potencialmente peligroso.
También he cazado búfalos con un BRNO ZKK 602 calibre .375 H&H.; Utilizando proyectiles sólidos Hornady DGS observé repetidamente la penetración completa del animal; con los proyectiles expansivos Hornady DGX ello ocurrió con mucha menor frecuencia. Estas observaciones no pretenden demostrar la superioridad de un cartucho sobre otro. El .375 H&H; posee un prestigio plenamente justificado y continúa siendo uno de los grandes calibres universales para la caza africana. Sin embargo, la experiencia de Robertson y la mía propia sugieren que, en disparos torácicos correctamente colocados, la eficacia terminal depende no sólo de la energía disponible, sino también de dónde y cómo esa energía se libera. Como ocurre tantas veces en la caza, las tablas balísticas cuentan sólo una parte de la historia. La otra la escriben la calidad del proyectil, el conocimiento de la anatomía del animal y, por encima de todo, la correcta colocación del primer disparo.
Después de más de un siglo de historia, quizá ésa sea la explicación de por qué el 9,3×74R continúa ocupando un lugar de privilegio entre los grandes cartuchos para la caza del búfalo.
Juan Krauss, Vicepresidente del SCI – Capitulo Argentino
